Las estrellas se asoman alumbrando el cielo. Un verde mar de olivos se derrama por la Loma ¿Quién grita? ¿Quién rompe el silencio? Decid que se pare el agua. Mandad que se calle el viento. Que no se oiga nada. Que cesen los ecos. ¡Viene el Cristo Muerto!
Reverendo Párroco de la Asunción, Sr. Alcalde, Sr. Presidente de la Unión Local de Cofradías, Hermanos y Hermanas Mayores, Cofrades y queridos amigos, agradezco a las cofradías, y particularmente a la mía: la del Santo Sepulcro, representada por Dña. Trinidad Santafosta, la deferencia de invitarme a la presentación del cartel anunciador de la Semana Santa 2010. Lo que evidentemente recibo con honor y reconocimiento.
Quiero recordar, que siendo quien les habla Presidente de la entonces Agrupación de Cofradías, se acordó confeccionar el primer cartel de Semana Santa de la historia de Villacarrillo; corría el año 1991, y precisamente el honor le correspondió a la misma Cofradía cuyo cartel hoy presentamos, y a la que este año le toca su turno.
Sin más dilación, felicito a Mª Teresa Serrano, y paso a presentar su cartel que personalmente me ha impresionado. Tenemos que reconocer que hoy en día, no todo consiste en realizar una buena exposición fotográfica, sino que además el montaje final, con el empleo que las nuevas tecnologías, nos muestran un panorama de infinitas posibilidades.
En el Cartel vemos representados, ante la fachada Norte del templo de la Asunción, en un primer plano, la imagen del Cristo Yacente y, sobre la misma, la Cruz del Santo Sepulcro, símbolo de su Cofradía. Este conjunto nos va a servir de pretexto para ahondar en su conocimiento.
Las piedras de la fachada Norte se remontan a los muros del castillo medieval remodelado como Iglesia, principalmente, por obra del insigne arquitecto Andrés de Vandelvira. Templo que se mantuvo bajo la advocación de Santa María del Castillo hasta el último cuarto del siglo XVII.
En esta fachada se encuentra la conocida como Puerta de la Umbría, desde antaño lugar principal de salida y entrada de nuestras procesiones. La puerta, hoy, tal y como la conocemos, no es la original. Diversos sucesos afectaron gravemente a su estructura: el más relevante fue el terremoto de Lisboa; que tuvo lugar en 1755, y obligó a trasladar el culto a la Ermita del Carmen.
Otro acontecimiento fue consecuencia de la Guerra de la Independencia. En el verano de 1810, una unidad francesa del 55º Regimiento de Línea, dependiente de Úbeda, fortifica Villacarrillo y establece en la Iglesia su guarnición bajo el mando del Teniente Mr. Thomas, quien diera muerte al popular Brigadier Calvache. Estas tropas desmantelan el templo y en su retirada, según la tradición, destruyen parte de la fachada. Antes habían arrasado el convento franciscano, el Santuario del Santo Cristo y la ermita del Carmen.
Las circunstancias anteriores, unidas a la composición arenisca de sus piedras, afectaron considerablemente a la estructura de la Puerta original. Puerta cuya descripción conocemos gracias a un informe que en 1840 realiza el arquitecto José Rosales al señalar la necesidad de reconstruirla. Sobre ella nos dice “…que está decorada con columnas y relieves de escultura delicados, pero muy carcomidos del tiempo por la fragilidad de la piedra, de manera que al apearla, por mucho cuidado que se llevare al hacer la operación serían desmoronados sus ángulos y figuras e imposible volverlas a juntar del modo conveniente”. Ese mismo año la puerta fue demolida y en su lugar se colocó otra, que tras un nuevo hundimiento producido en 1879, sería sustituida por la actual, fruto de un segundo proyecto, más austero y económico, del arquitecto provincial Jorge Porrúa.
Para encontrar el origen de la devoción al Santo Sepulcro debemos adentrarnos en los Evangelios; ellos nos dan noticias de la muerte y sepultura de Cristo. Aunque con pocos detalles, todos coinciden en que fue José de Arimatea quién solicita el cuerpo de Jesús al Gobernador romano de Judea Poncio Pilato. Éste junto a Nicodemo, envuelven el cadáver en un lienzo con aromas, según la costumbre judía; igualmente coinciden en que lo depositaron en un sepulcro nuevo, tallado en la roca, en un huerto próximo al lugar donde fue crucificado, y cerrado con una gran losa. Todo fue presenciado por María Magdalena y la Virgen. Era el día de Preparación de la Pascua, víspera del sábado. Los Sacerdotes y los Fariseos, que no creían en la resurrección, consiguen que Pilato ponga un centinela en su tumba por si los discípulos deciden robar el cuerpo con objeto de justificar su promesa.
Poco sabemos de José de Arimatea, propietario del sepulcro. Los Evangelios solo aportan una breve descripción, aparte del hecho de que era rico y discípulo secreto de Jesús. Lucas nos dice que era miembro del Gran Consejo del Sanedrín, lo que indica una posición con autoridad y poder suficiente para que le entregaran el cadáver de Cristo. Considerado un «hombre recto y bueno» no estuvo de acuerdo con la pena impuesta a Jesús por el Sanedrín.
El Duelo por la muerte de Cristo suele representarse como continuación de su retirada de la Cruz. No hay ninguna referencia en la Biblia. El cuerpo de Cristo yace en el suelo rodeado por la Virgen, San Juan y María Magdalena, llorando su muerte. Generalmente, Magdalena abraza los pies de Cristo lavándolos con sus lágrimas, y la Virgen, a veces, sujeta su cabeza. Todo ello ante la presencia de Nicodemo y José de Arimatea.
Fue Santa Elena, madre del emperador Constantino I, quién en el año 313 legaliza el Cristianismo en el imperio Romano. Llevada por su devoción al Santo Sepulcro viajó a Jerusalén. Después de encontrarlo mandó levantar a su alrededor un suntuoso templo, en el que estableció una comunidad de Canónigos que ayudados por seglares debían protegerlo. Por tanto, desde los primeros tiempos de la Cristiandad, hubo peregrinos que iban a tierra Santa.
Después de la conquista de los árabes, los musulmanes permiten el peregrinaje, pero en 1076 los turcos se apoderan de Palestina y los peregrinos son atacados. Es entonces cuando el Papa Urbano II proclama la Iª Cruzada para recuperar la Tierra Santa. Fue así, como en el año 1099, el francés Godofredo de Bouillón, Duque de Lorena, conquista Jerusalén. Tras la toma, asume el título de Defensor del Santo Sepulcro y encomienda su asistencia religiosa a unos Frailes. Pero éstos fueron incapaces de defenderlo y fue necesario establecer un ejército permanente que protegiera Jerusalén, y en especial el Sepulcro de Cristo. De aquí surge la Orden de Caballería del Santo Sepulcro, la 1ª y más antigua de las creadas en Tierra Santa.
Godofredo de Bouillón se reservó el Maestrazgo de la Orden que a su muerte pasaría a los Reyes Latinos de Jerusalén. Estableció dos categorías de miembros: Los Caballeros que debían proteger con las armas, y los Canónigos, que debían rezar y celebrar los oficios divinos en la Iglesia del Santo Sepulcro. Con la pérdida de Jerusalén tuvieron que abandonar la guardia y dejar sus posesiones.
El Papa Pío IX reconstituyó la orden en 1847, pero con una diferencia significativa: la custodia de la tumba de Cristo ya no se confiaría a la fuerza de las armas, sino al valor constante de un testimonio de fe y solidaridad para con los cristianos residentes en los santos lugares.
Para indicar las iglesias de la Orden, se colocaba en las fachadas la cruz patriarcal de doble traviesa, divisa anterior a la cruz quíntuple. En la actualidad, la Casa Madre en España se encuentra en la Real Colegiata del Santo Sepulcro de Calatayud donde los caballeros celebran su Capítulo General.
La Orden está compuesta por laicos y eclesiásticos, bajo la protección de la Santa Sede y el gobierno de un Cardenal Gran Maestre y se dedica a labores de caridad. Sirva de ejemplo su reciente presencia en el trágico suceso de Haití.
La Cruz de Jerusalén o de los cruzados, símbolo de la Orden del Santo Sepulcro y de esta Cofradía surgió como escudo de armas del reino de Jerusalén tras la I Cruzada. Se describe con una cruz grande central con cuatro cruces griegas, formando cinco cruces, que representan las cinco llagas de Jesucristo al ser crucificado. También hay quien afirma que la cruz grande representa la ley del Antiguo Testamento y las pequeñas los cuatro evangelios proclamados en las cuatro esquinas de la tierra comenzando en Jerusalén. Los cruzados la llevaban de distinto color según su nación.
La iconografía del Cristo Yacente, como hoy la conocemos, no aparece hasta el siglo XVI. Sus orígenes parten de las advocaciones a la Piedad y el Desenclavo, y a la religiosidad surgida con la contrareforma y el Concilio de Trento y, por supuesto, de la Orden Franciscana custodia del Santo Sepulcro, junto con las órdenes militares transformadas en cofradías del Santo Sepulcro.
Sería el Barroco, en el siglo XVII, el que fijara la típica procesión de Cristo Yacente, y en particular la obra del escultor Gregorio Fernández. En ella, Cristo se muestra más dramatizado y solitario, transmitiendo más pureza y sufrimiento que en las imágenes anteriores. Este aislamiento plantea la necesidad de donde colocarlo. La solución general fue la urna incorporada a un retablo, a modo de banco, o bien como mueble procesional; normalmente bajo una hornacina con la Virgen de los Dolores o la Soledad.
La urna, más o menos adornada, aparece rodeada de ángeles portando los atributos de la pasión, o bien transmitiendo un mensaje de esperanza en la Resurrección. Los ángeles, como espíritus puros, se consideran los únicos dignos de enterrar a Cristo.
En palabras del que fuera Obispo de Jaén D. Santiago García Aracíl, la imagen de Cristo Yacente nos muestra la existencia de otra dimensión de su obra redentora: su muerte por nosotros. Cristo, muerto y preparado para la sepultura, es la imagen clara de la situación a la que llega el hombre cuando culmina su vida como pecador. La presencia y acompañamiento del Cristo Yacente, nos recuerda que estamos hechos para la Gloria; pero que sufrimos la muerte a causa del pecado, y estamos atados a la tierra mientras no aceptemos la salvación que nos ofrece con su Pasión, Muerte y Resurrección.
En cuanto a la primitiva fundación de la Cofradía en Villacarrillo, debió ocurrir en la segunda mitad del siglo XIX, y en ello tuvo mucho que ver la familia Pellón. Como prueba evidente tenemos la inscripción latina existente en la reja de su Capilla, que dice: “D. José Pellón y Calleja//erigió en gratitud este monumento//año de la misericordia de Jesucristo 1879”, y en cuyo vértice localizamos la Cruz del Santo Sepulcro.
No obstante, debió ser el Prior D. Marcos Pellón y Crespo, hijo del anterior, y Caballero de la Orden del Santo Sepulcro, su principal impulsor, pues coincide la fecha con el tiempo de su Priorazgo, que se extendió a lo largo de 22 años.
La Cruz se repite en la reja de la capilla del Rosario. Capilla reformada por el propio Prior Pellón en 1883. A él le debemos también el cambio de patronazgo en sustitución de la Inmaculada Concepción.
De nuevo la localizamos en la capilla privada y en la veleta del que fuera su domicilio en la actual Pza. de España. Y en el Cortijo de Herrera, que fue de su propiedad, allí se encuentra en la capilla, en la veleta y gravada en el muro de una fuente, junto a una inscripción dedicada a la memoria de sus Padres.
Aprovecho la ocasión para destacar la virtuosa labor del Prior Pellón. Noticia de ello la encontramos en una publicación de 1885 que salía al paso de las críticas al Clero frente aquellos que, como hoy ocurre, les denostaban pretendiendo que la religión quedara sumida a la intimidad, sin ni siquiera reconocer su gran labor humanitaria. En ella nos habla de su actuación caritativa frente a los estragos que Villacarrillo pasaba como consecuencia del cólera morbo. El Prior Pellón se desvivió por auxiliar a los enfermos y se encargó de los huérfanos, no sólo alimentándolos sino que, además, estableció talleres de carpintería, albañilería y zapatería con objeto de proporcionarles una ocupación. Visitaba e inspeccionaba a diario el Hospital, alentando a las Hermanas Mercedarias y a los enfermos que cuidaban; a los que, además de confortar espiritualmente, socorría en toda clase de necesidades. También Costeó un comedor para pobres, y promovió obras para numerosos trabajadores, que sin su ayuda y en las circunstancias que reinaban, no hubieran sobrevivido.
Otra familia relacionada con el origen de nuestra devoción al Santo Sepulcro, es la de Serrano Sanmartín. En su cripta funeraria, bajo el Camarín del Cristo -del que fueron sus benefactores- localizamos la Cruz de la Cofradía, concretamente en el techo y junto a dos de sus nichos, donde se encuentran sepultados el Coronel D. Pedro Serrano Bedoya, fallecido en 1891 (varias veces alcalde de Villacarrillo), y en el de su esposa Mª Dolores Sanmartín Uribe, fallecida en 1905.
Igualmente, algo tendría que ver el Ministro Benavides, fallecido en 1884, cuando en su testamento deja un censo sobre una de sus fincas con el fin de costear los gastos de procesión del Santo Entierro.
En cuanto a la antigua imagen del Yacente, destruida en la guerra civil, sólo la conocemos por fotografía, donde se aprecia que procesionaba en una sencilla urna portada en andas. Procesión en la que desde los primeros años del siglo XX nunca faltaba una representación de la Cruz Roja Local con su banda de música dirigida por el Maestro D. Antonio Guevara Pérez.
Sobre la erección canónica de la Cofradía en sus primeros momentos, nada sabemos. Sólo a partir de 1925 aparecen unos estatutos promovidos por D. Juan Barberán Fernández, D. José Barberán Rodríguez, D. Manuel Maza Pellón, D. Pedro Tudela Mora, D. Rafael Poblaciones Román, D. Andrés Medina León, D. Ernesto Martínez, D. Luis Mengibar, D. Vicente Sáenz Parra y D. Leopoldo Mora Mármol. El primero de ellos, D. Juan Barberán (alcalde entre 1949 y 1957) sería el Hermano Mayor hasta su fallecimiento en 1984.
Respecto a la imagen actual y su urna, llegaron a Villacarrillo en febrero de 1946 procedentes del taller que tenía en la calle Navellos de Valencia el imaginero D. José Casanova Pinter. La talla se trata de un Cristo tendido, con la cabeza ligeramente inclinada a la derecha, con los ojos y boca entreabiertos. Presenta además heridas en brazos y rodillas y sangre en la cara ocasionada por la corona de espinas. Está elaborada en madera policromada, y podría encuadrarse con el estilo de los Yacentes basados en la obra del citado Gregorio Fernández, escultor representativo del realismo castellano y creador de la escuela Vallisoletana.
La urna de estilo barroco, es de madera cubierta de pan de oro, reforzada en su base con una moldura de bronce. Se encuentra custodiada por cuatro ángeles sentados en sus esquinas que portan los atributos de la Pasión. A los lados lleva unos medallones con relieves y pinturas propias de la pasión. En el vértice superior se encuentra la cruz, el lienzo y las escaleras, como símbolos del descendimiento.
El retablo donde se sitúa, cuya traída gestionó el Prior Pellón en 1879, procede de la Iglesia de San Idelfonso de Jaén, y sustituyó a otro destruido por un incendio. Se ajusta al estilo tradicional utilizado para el Cristo Yacente, con peana sobre la que se encuentra una hornacina con la imagen de la Virgen.
La Cofradía del Santo Sepulcro es de las que más respeto causa. Su Paso del Santo Entierro representa, sin duda, uno de los pasajes con más connotaciones de nuestra Semana Santa. Nos traspone al monte Calvario en la hora nona (15 h.), cuando Jesús exhala su último suspiro: …“Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. La tragedia se ha consumado. El cielo se ha oscurecido. Los tambores enronquecen. Ya se ha rasgado el velo del templo. Ya han bajado a Cristo de la Cruz. Ya lo han puesto en su sepulcro. Pasa el Santo Entierro. Todo es luto y desolación por las calles del pueblo, Todo se vuelve negro. Anónimos penitentes. Rosarios de faroles ardiendo. En la noche fuego. Pasa el Santo Entierro. Luna llena siniestra, Cristo Yacente con el pecho sangriento, sordo eco de tambores, en el desgarrado silencio. Pasa el Santo Entierro.
¡Muchas gracias y buenas noches! |