PREGÓN DE SEMANA SANTA 2006 - VILLACARRILLO

Pregonero : Juan Rubio Fernandez

Agradecimientos y saludos:
     - Párrocos y sacerdotes
     - Alcaldesa y Corporación
     - Presidente de Unión de Cofradías y Hermanos Mayores
     - Amigas y amigos
     - Presentador

          Quiero dedicar este pregón a los enfermos de Villacarrillo, auténticos amigos del Señor, pero especialmente a Eli Campos Moyano pues en su sonrisa en medio del dolor siempre he visto agazapada la huella del Señor.
        ¡Portones de Villacarrillo, alzad los dinteles!
         ¡Que se abran las antiguas compuertas de vuestro devoto corazón, recio y avezado en la alabanza y en la oración ¡
       ¡Portones de Villacarrillo, alzad los dinteles!
        ¡Que se abran las antiguas compuertas de vuestra historia secular y señera; una historia cuajada junto a la Vera Cruz y que, de hinojos, canta a Dios por las calles de este pueblo en los días de pan y vino transformados en el Cuerpo y Sangre del Señor. Corpus en Villacarrillo, elocuente, viva y veraz escena que, como broche de oro, cierra el ciclo de la Pascua de Resurrección. Cristo vivo y Resucitado en esta patena que es el Balcón de la luna y de la loma. Villacarrillo del Señor.
       ¡Portones de Villacarrillo, alzad los dinteles!
       ¡Que se abran las antiguas compuertas de vuestras vidas cuajadas en la sencillez del trabajo de este pueblo que hoy se hace Gólgota y Horeb; Tabor y Hermón. Hoy Villacarrillo es Calvario, hendidura y surco en la tierra de la que saldrá una vez más el grito de la Resurrección. Grano de trigo pisado en el molino de estas tierras, racimo de uva pisada en el lagar para ser Pan y Vino, alimento de Amor. Es la Pascua de Muerte y Resurrección. Es la Pascua en Villacarrillo. El “Paso” del Señor.
       ¡Portones de Villacarrillo, alzad los dinteles! Se acerca el Rey de la Gloria…Cristo Resucitado; Señor del Amor. Victorioso y engrandecido; Dios de la Historia, Supremo Hacedor de esa victoriosa batalla en la que dio muerte al que la muerte inventó. En la tumba quedó para siempre el dolor sin sentido, el odio y el rencor. Cristo ha Resucitado y en la tarde del miedo y la zozobra, en el Cenáculo, a los suyos convocó para renovarles el man­damiento del Amor y mostrárseles vivo y presente, resucitado y auténtico Señor.
       Cristo está vivo. La prueba la podemos ver con tan solo mirar alrededor. Es el mismo Señor que acariciaba a los niños y que a los pobres acompañó. El mismo que curaba a los enfermos y a los pecadores perdonó. El mismo de cuya boca salían bienaven­turanzas y palabras cálidas de perdón. Es el mismo Señor que en las páginas del Evangelio nos sigue dando vida y ofreciendo el camino para la más auténtica renovación.
        Es el mismo Cristo que en la tarde de Palmas y Olivos, desde la Puerta de la Umbría pasea por las calles entre vítores y hosannas que auguran la pasión. Es el mismo que en la noche de Miércoles Santo desde el viejo Hospital llorará lágrimas de sangre pidiendo al Padre que aleje el dolor y confortado por el ángel, seguirá mostrando su paciente y serena condición. Es el mismo que amarrado a la Columna, con San Juan, nos irá mostrando el dolor de este varón que ya Isaías nos profetizó. Es el mismo Señor que en la amanecida mecen los costaleros pasando por las calles y por las plazoletas de la ciudad, Nazareno de soledades, Cristo de nuestras madrugadas. Es el mismo que desde el Convento sale tirado bajo el peso de la cruz mostrando sus caídas redentoras. Es el mismo que crucificado expira la tarde de Viernes Santo y más tarde recorre las calles metido en la urna de su entierro, de su ocultamiento, de su cierta muerte que redime el dolor. Es el mismo Cristo que Resucitado hoy nos vuelve a llevar al recuerdo de su Pasión y Muerte, el camino de su Resurrección.
        Es el mismo Rey de la Gloria que en Villacarrillo quedó y cada mañana de Pascua asoma por su barrio con alegre, acompasado y sereno vigor. Desde el moderno templo de San Francisco, con el recuerdo en la vieja ermita que antaño cerca existió. Es el Señor, que como héroe valeroso se ha asomado por los altos de este pueblo a la par de los levantes de la aurora y ha derramado su mirada llena de ternura sobre esta tierra parda de trigo y verde aceitunera. Por las crestas de la sierra de las Cuatro Villas que coronan la silueta de su pai­saje asoma encarnada y abrileña, primaveral y fresca la sonrisa de Dios. Cristo Resucitado en todo su candor, con las llagas en las manos; con la brecha de la lanzada en el corazón, elevados sus pies sobre la tierra en la que sus huellas dejó cuando un niño sonríe, cuan­do aprieta el dolor, en los amores remozados, en los que dan y reciben perdón. Cristo en Villacarrillo no está muerto. Está vivo y lleno de gloria y esplendor. La muestra es que aquí estamos, reunidos en su nombre y convocados por su Amor porque queremos unir nuestras pisadas a las suyas y volver a Galilea para poder seguirle mejor. Que no hay Resurrección sin Viernes Santo ni gozo sin dolor. Villacarrillo es hoy Jerusalén del Señor que sigue reci­biendo agradecida los dones y regalos de su Pascua de Resurrección.
        También yo hoy me acerco hasta Villacarrillo para cantar el sublime Misterio del Amor entregado en la Cruz, el Misterio que da sentido a mi vida y Ministerio que aquí, junto a vosotros casi estrené con ilusión. También yo hoy aquí, en Villacarrillo a ocho días de Abril del año de Gracia del Señor de dos mil seis deseo renovar con mi verbo, una nueva Pascua que ya rebrota por entre los pinos y riachuelos de esta serranía que ha recibido la escasa lluvia que la fecunda y el abundante sol que la calienta.

        También yo hoy me acerco hasta Villacarrillo para cantar el sublime Misterio del Amor entregado en la Cruz, el Misterio que da sentido a mi vida y Ministerio que aquí, junto a vosotros casi estrené con ilusión. También yo hoy aquí, en Villacarrillo a ocho días de Abril del año de Gracia del Señor de dos mil seis deseo renovar con mi verbo, una nueva Pascua que ya rebrota por entre los pinos y riachuelos de esta serranía que ha recibido la escasa lluvia que la fecunda y el abundante sol que la calienta.
También, yo hoy, hermanos, como tantos y tantos otros, vengo cruzando esas lomas, atravesando esos valles y como dijera el místico poeta, Juan de la Cruz “ni cogeré las flores ni temeré las fieras” porque para hablar del Misterio de la Pascua hay que respetar las pequeñas y bellas flores de vuestra íntima tradición y hay que ser valientes ante un mundo que, como fiera agazapada intenta acabar con ellas. Otros lo han hecho mejor que yo. Recuerdo aquellos primeros a los que asistí de la mano de Julio Rubiales, Vicente Oya y Ramón Molina. He leído los últimos de Paco Coronado, tan lleno de viejos acentos y pasionistas recuerdos o los de Ramón Rubiales, mi presentador, tan elocuente en los datos históricos y tan lleno de ese espíritu villacarrillense que le caracteriza.

     Villacarrillo, yo quiero ser pregonero,
     alzar mi voz en tu cielo y
     pregonar a los cuatro vientos
     que este pueblo es nazareno.
     Villacarrillo de penitentes y de costaleros.
     Villacarrillo de cirios y flores,
     de pasionistas y saeteros.
     Dame fuerzas, Señor,
     para en Villacarrillo ser el pregonero
     del sublime misterio de Amor.

        Esta ciudad está aquí estrenando una Pascua más, recibiendo los suaves aromas que suben desde sus valles que preñan el Guadalquivir y el Guadalimar; en las viejas tierras de pan llevar; junto a los amplios campos de este viejo señorío medieval, hoy moderna ciudad. Villacarrillo está aquí, gozoso por la Resurrección, queriendo recorrer la senda del dolor. Abrazadas están estas lomas por los ríos que surcan estos valles, apretadas las sierras; cerros suaves, ondulados trigales; largas hileras de olivos. Tierras bendecidas por el Señor. Hoy abren sus puertas al Misterio Redentor. Cristo Vive en nosotros y nos invita a recorrer su camino de pasión. Para eso he sido convocado en esta tarde. Agradezco la mención y os pido un Padrenuestro por mi yo pecador para que, acabando este pregón, loado sea mi Señor con este mi desaliñado verbo y con esta mi débil voz. Hoy os quiero agradecer la invitación que mi buen amigo Antonio Campos, en nombre de vosotros, me cursó con emoción una maña­na allá en Andujar desde donde llego con las alforjas cargadas de recuerdos y de palabras, pero sobretodo de una gran emoción, recordando los años que con vosotros viví. No los olvidaré. Fueron para mí gran escuela de sacerdocio y de amistad y calor humano junto a tantos nombres que omito para evitar el olvido traidor. A todos mi agradecimiento y suplico mi perdón si en estas palabras puede haber algún error. Quiero empezar diciendo
       “ Yo confieso, Señor, que soy pecador; en obras, palabras y omisión. Soy pecador cuando no escucho tu voz. Hoy quiero escucharla en esta gente de Villacarrillo. Antes de empezar te pido tu bendición”.
        Amigo Antonio, como dice el poeta “...de casi todo hace ya más de veinte años”. Muchas gracias por tu entrañable invitación y te pido la venia, no sin antes pedirla del prior de esta ciudad de Villacarrillo y de su Iglesia de la Asunción, D. Manuel Peláez..
       Padre Nuestro del Cielo y de la tierra
       que en Villacarrillo te quisiste quedar
       muerto y resucitado, lleno de vida y verdad
       Que tu nombre sea santificado
       desde el uno al otro punto cardinal
       de este pueblo cruzado por tu cruz redentora

       que adora a tu Infinita y Eucarística Majestad
       Que se haga siempre tu voluntad
       en estos tus cristianos que en la vida
       buscan seguirte por sendas de paz y
       hacen esfuerzos cada día para mejorar
      Que no nos falte tu pan de cada dia
      Ni la ilusión ni tu gracia y apoyo
      Sigue perdonando nuestra torpe maldad
      No nos dejes caer en la tentación
      de caernos y no querernos levantar

                    
      Líbranos siempre del mal y ayúdanos a acompañarnos en esta Semana Santa por los caminos que tu trazaste, caminos de dolor, caminos que nos llevan a la fuente en donde podremos más amar.

      Cuida de tus hijos de Villacarrillo que este año vuelve a poner sus pies sobre tus huellas y buscan ser hermandad, superando divisiones y abrazándose con un abrazo de paz, la misma por la que murió y resucitó el Cristo que en Villacarrillo las calles recorrerá, entre incienso y flores, sobre esforzados hombros a la orden del capataz, escuchando las pasiones y sintiendo en cada momento la Pascua de verdad.

      Villacarrillo, nueva Palestina que abre sus calles para de nuevo volver a escuchar las palabras de Cristo, la oración de sus hijos y esas canciones que surcan los aires de una nueva y terna primavera pascual. Vayamos todos a Villacarrillo pues el Rey de la Gloria, está dispuesto a entrar un año más.

Domingo de palmas y vítores

      Tarde de Domingo de Ramos; tarde de recién estrenada primavera, fresca por estas lomas; tarde abierta y clara con el sol enseñoreándose sobre los tejados y lamiendo sus muros, mientras el viento se cuela por la serranía, llega hasta el valle y recalando, sube por las callejuelas de esta señorial ciudad. Túnicas nazarenas corren apresuradas por las aceras hasta la Asunción. Ya está dispuesta la Hermandad. En las calles, colgadas en las balconadas, están las palmas preciosamente rizadas. Ya fueron bendecidas en las parroquias y templos de la ciudad. Tarde alegre y llena de gloria y añoranzas de chiquilladas con las palmas hacien­do porras y corriendo a dar, ensuciando la ropa que para ese domingo hubo que estrenar; rencuentros y estrenos. Domingo de Ramos, tarde de luz primaveral. ¡ Qué bien suenan en nuestros oídos los redobles de tambores de los niños que suben hasta la iglesia para esperar a la hermandad! Las colgaduras asoman en las nobles fachadas y en las casas sencillas de esta ciudad que sabe cómo adornar las calles con auténticas filigranas llenas de cariño y sen­cilla beldad. Tarde de Domingo de Ramos. Puerta de la Umbría. Esbelta fachada del templo principal. Ecos de la Puerta por la que Jesús atravesó subiendo por Betfagé hasta la misma Puerta Hermosa. Son las cinco y media de una tarde primaveral. Domingo de Ramos en la Pasión del Señor. Cristo va a bajar para ponerse a nuestra altura y atajar el mal. Entrará en nuestras calles sobre un pollino de los que nuestros arrieros suelen usar, avanzando lenta­mente al olivar y a la huerta. Cristo de los nuestros, avanzando con solemnidad. Puerta de la Umbría, puerta peculiar. Sale el Señor en el pollino anunciando el Misterio de servicio,anunciando su entrega total. Si Cristo parece, ataviado como va, un campiñés más, un arriero de este nuestro pueblo que sonriente cada mañana va a trabajar a su bancal.

       Me he parado en la calle La Feria a ver a la “Borriquilla” bajar. Viene del Paseo del Santo Cristo en donde el viento ha zarandeado la palma y el olivo que en su trono recuerdan la escena del evangelio. La veo bajar. ¡ Qué señorío muestra cuando a recogerse en su tem­plo va ¡ En un rincón de esta calle, embelesado, he mirado su figura y me he puesto a rezar. Verdes capas nazarenas sobre blancas túnicas de esta hermandad. Verde de nuestra tierra; verde esperanza como la que anida en el corazón de quienes llevan la imagen, meciéndola a los vientos, con hombros entregados, juvenil nervio el de esta hermandad. Verde cíngu­lo, verde caperuz, verde capa que mueve el viento. Verde que verdea en el corazón de los costaleros y de los niños que van llenando las filas de la hermandad. Al trote va la mulilla llevada por verde nervio que escucha la voz del capataz. Y rezo al Señor por los niños de Villacarrillo a los que Jesús ha ido mirando con una profunda y tierna mirada de amor. Y después hablarle de ellos, “La Borriquilla“ pasó. Se aleja la procesión y tomo un ramo de olivo de su trono que junto a mis pies cayó; lo beso y me lo pongo en la solapa. Miro al cielo y digo: “Haz que yo sea, Señor, instrumento de tu paz” Y me marché a casa con la paz en el corazón, simbolizada en esa rama de olivo que el Señor al pasar a mi lado me regaló.

        
Martes Santo. Via Crucis

       El Martes Santo el silencio llena la ciudad. Noche oscura y cerrada que verá pasar el Vía Crucis que organiza la Sección Adoradora Nocturna. Silencio impresionante y de ver­dad. Recuerdo el año que me tocó cada una de las estaciones predicar. Aquellos años en los que el mundo cofrade se quería recuperar, este Vía Crucis era un modelo de seriedad.

        Noche de Martes Santo, noche del Villacarrillo ascético, de renuncias, olvidos y silencio. De la torre de la Asunción baja el silencio, de los pinos de la sierra se cuela entre nosotros, de los campanarios altos rueda el silencio. Por las celosías de los conventos se escapa el silencio. De los alejados olivares sube agazapado un silencio negro. El silencio en el aire y en el aliento. El rumor de las fuentes, el eco de los pasos, las sombras....Todo es silencio. La voz, la lágrima, el estremecimiento, el júbilo, la duda, la certeza, la audacia y el miedo, la ambición y el orgullo. Todo es silencio. Martes Santo en Villacarrillo, noche de silencio, Callada ciudad, pueblo autentico que en silencio recorre las escenas del Vía Crucis. Por las calles, el silencio, en los corazones y miradas, más silencio. Las tinieblas y el silencio por las calles; y en medio, solo una voz se rompe, la voz del Verbo Eterno... Martes Santo se cierra con ese elocuente y vivo silencio. ¡Es un silencio tan fuerte que resuena en las paredes de nuestros adentros ¡Es una escuela el Vía Crucis, la escuela en donde aprender que el silencio es una forma de amor cierto.

Miércoles Santo

       La cita es en el viejo Hospital, casa de las Hermanas Mercedarias de la Caridad, blanco báculo de ancianos; blanca sonrisa de los niños, blanca ternura en el dolor. (Permitidme que haga una mención por dos hermanas que ya están en el cielo. No he querido dar nombres en el pregón, pero cuando llego al Hospital no tengo más remedio que elevar al cielo mi voz para lanzar un beso a Sor Gabriela y a Sor Rafaela, dos almas de Dios, amigas entrañables) Cita nocturna en esta empinada calle Ramón y Cajal, la calle de Las Monjas, de tantos mañaneros recuerdos para este pregonero que raudo corría a celebrar la Misa tempranera. Templo de Santa Isabel. La Oración del Huerto va a salir a recorrer la noche de Villacarrillo. Y mis recuerdos vuelan hasta aquellos años de juventud sacerdotal. Yo he visto muchas veces esta imagen del Señor de rodillas con cara de tenso dolor y al ángel mostrando la voluntad del Padre. Noche de Getsemaní, noche de duda atormentada, de esforzado sí. ¡Cuántas veces, Señor, mientras he celebrado Misa en ese templo he visto tu rostro dolorido y tu fiat redentor ¡Gracias Señor del Huerto, de la duda, del sudor. Gracias, Señor del olivo y la mirada dulce; del ángel consolador. Gracias, mi Señor, que hincado de rodillas, suplicas que pase el cáliz redentor. ¡Qué ágiles se vuelven los pies cuando uno ve que hasta el mismo Dios dudó ¡

        Blanco, verde y morado es el color de esta hermandad. Blanca es la inmensa voluntad de Dios que Cristo acepta en esta noche singular. Blanca hermosura, blanca y limpia toda ella, sin mancilla ni arruga. Voluntad eterna ceñida en el rostro del Señor. Blanca voluntad de cofrades y de anderos, blancura del amor. Morada es la duda que lo adentra en la profunda y auténtica humanidad. Amoratada duda que lacera el corazón, la duda del “Si no hubiera cielo yo te amara y si no hubiera infierno te temiera”. No me tienes que dar Señor porque te quiera. Morada noche de duda, morada oscuridad de incertidumbre en la noche oscura del dolor. Dios y hombre verdadero. Aquí está esta sublime verdad y el verde del olivo que acompaña el tronco de esta figura que este año preside el cartel anunciador de la Semana Santa de Villacarrillo. Blanca túnica y caperuz, morada capa y verde fajín. En la calle está la Hermandad. Costaleros y costaleras poned atención al capataz. Fajados y uncidos, susu­rrad una oración. Portad a Cristo en vuestro hombro, llevadlo en el corazón, cumplid con la tradición. Subid por las calles del pueblo. Empinadas cuestas, sencillas calles, recónditas plazoletas, acompañados por la banda de vuestra cofradía. Elegante paso. Las cornetas, los tambores rompiendo el silencio de la noche en la que todo Villacarrillo se hace Getsemaní, entre los olivares de este pueblo, hecho un mar de verde olivar. ¡Que la noche quede ilumi­nada por el semblante del Señor, mirando a lo alto, con un sereno rostro y la mano del ángel consolador, mostrando a todos el mejor camino para superar la duda que nos lleve al error! Mira el lugar del dolor. Híncate de rodillas porque sagrado es el espacio en donde hay san­gre y sudor. Sagrado y santo es el charco del sufrimiento humano que hasta el mismo Dios probó.

Jueves Santo

       Jueves Santo en Villacarrillo es día para cantar al Señor, hecho Eucaristía en los templos y en el fraternal abrazo de Amor. Jueves Santo en Villacarrillo en la Misa de la Cena del Señor. Día inmenso para este pueblo que sabe de esencias eucarísti­cas y que de hinojos adora a Dios. Cantemso al Amor de los Amores, Cantemos al Señor. Naves de la Asunción, bóvedas que son Cenáculo para cobijar el pan de la justicia y el vino del gozo interior. Templo de San Francisco, partiendo el pan como hizo el santo de su advo­cación. El poverello de Asís se hace más grande en este Jueves radiante del amor. Convento de las Hermanas de la Cruz, qué sabroso el pan este día; qué dulce presencia en la pobreza y miseria. De rodillas ante el Señor que para vosotros es abandono y humillación y ese rastro que la pobreza dejó. Madres Mercedarias Eucarísticas. ¡ Grandeza en la Exposición! Es hoy el día de vuestro carisma. Pan Eucarístico , pan de Adoración. Madres Mercedarias de la Caridad que sea el amor el que rompa los grilletes de nuestra esclavitud. Templos de Villacarillo. Misa en la Cena del Señor, Lavatorio y Mandato del Amor. Qué bien resuenan en vuestras bóvedas el Pange Lingua y el Tantum ergo de vuestra devoción. ¡Oh, Noche de Jueves Santo!, viático para los seres humanos. Velaremos, junto a Ti, Señor, entre olivares centenarios, como si fuera Getsemaní, el olivar de los campos. Velaremos junto a Ti, para que te sientas acompañado cuando vengan a prenderte con espadas, antorchas y palos y unos labios de traición sellen tu mejilla al sicario. Velaremos junto a Ti Señor y cuando te tengan amarrado, te alzaremos en un trono de dolor enamorado. Ya no estás solo en aquel huerto donde preso te tomaron; ya no hay un halo traicionero en el sonido de estos pasos que resuenan en la noche cuando llega el Jueves Santo, es quejido y es saeta, es dolor por los pecados que nosotros cometemos y te tienen apresado a miles columnas humanas que de ti se han olvidado. Amarrado estás también por mí, ¿ qué puedo hacer para “desatarlo” ¿. Escucha el clamor de este pueblo cuando pases por su lado, que te llevan en su alma, y te quieren ver liberado.

      Anochecida de Jueves Santo con el color rojo rubí salpicando los aledaños del templo de la Asunción en donde esperan los tronos de Nuestro Padre Jesús de la Columna y San Juan Evangelista. Capas blancas ondeando al vientecillo de esta noche de sagrarios y oracio­nes en vela. Noche de Adoradores en este Villacarrilo, adelantada en oraciones vespertinas, en noches de vigilas, en madrugadas ante el Señor.

       Por la calle Cádiz lo veo venir. Señor también en el dolor; rostro ligeramente incli­nado, mesura en su semblante, serenidad en los ojos y en la boca entreabierta palabras de perdón. Amarrado a la columna, con los brazos en tensión; las costillas saliéndosele, mien­tras el sayón pega en sus espaldas doloridas por tiranía tan atroz. Burlesca e infamia; mofa y risa. Cuatro hachones iluminan su cuerpo dolorido; su cuerpo redentor. Cuatro hachones de cera se consumen junto a ese cuerpo. Cuatro hachones dan luz a su rostro sereno y lleno de candor. Hachones y trono. Sayones y Maestro. Abajo el costalero que hace ofrenda al Señor.

       Ya se escucha el tambor acompañando a Cristo y a San Juan, el amigo fiel, el que recibió la misión de ser testaferro de su mandato eterno de Amor en aqeulla tarde de Jueves Santo cuando todo consumado quedó con miradas de silencio, cómplices del destino que El mismo presagió.

Viernes Santo. Madrugada morada

      Aún no ha despuntado el alba. Villacarrillo sueña con la madrugada. Noche encendida, noche preñada de esperanza. Noche de primavera dorada porque en esta noche con luna de luz blanca, el Nazareno paseará y pasará por nuestras almas, mientras los pasionistas preparan sus gargantas. Viejas voces de este pueblo que durante la Cuaresma han sido entrenadas. Es “El Paso” que por Villacarrillo paseará su tambaleante figura, su frágil estampa, por la calle de la Amargura, calle muy larga, la misma que esta ciudad abre desde el templo hasta el Paseo; desde El Carmen hasta La Plaza, pasando por el Cerro del Aguila, por las Cuatro Esquinas de la Soledad hasta llegar de nuevo al templo. Allí está su casa. Ya se ve su figura recortada en lontananz, al despuntar la aurora por los caminos del alba. Paso de Viernes Santo. Pasionistas uncidos, pasiones que salen de la garganta. Escuchan los nazarenos estremecidos, vueltos mirando a Cristo con lágrimas agazapadas. Largas filas de túnicas moradas. Nazarenos silenciosos, meditativos, rumiando esas Siete Palabras de paz, promesa y perdón que el Maestro pronuncia por los cuatro vientos de la madrugada. Villacarrillo aguarda la aurora, Madrugada morada; madrugada espesa; pasiones que taladran. Villacarrillo es un altar con almas entregadas. Villacarrillo no duerme. Es madrugada. El Nazareno sale para encontrarse con la mañana, esa mañana de cruz y sudario; mañana de cirineos y veónicas, de mujeres llorando; mañana de caídas, de condenas, de despojos,
de clavos, mañana en que se prepara todo el escenario para que el lo alto del Calvario, Cristo asuma el dolor humano y grite con fuerza: “Todo está consumado”
.

       Jesús Nazareno se para. Dos hermanos, dos pasionistas le cantan. Uncidos por el fra­ternal abrazo, mirando cara a cara al Cristo. ¡ Nazareno qué bien resuenan esos cantos en las madrugadas de tu pueblo, con la voz ronca, con la emoción asomando. Ese es el llanto de tu pueblo, llanto, hecho canto; canto hecho plegaria, plegaria que es un clavel en tu calvario; un clavel que deposito junto a tu pie cansado, como ofrenda sencilla, como oración desde nuestro barro. Viejos pasionistas de Villacarrillo no dejeis de acompañar al Paso, en las madrugadas de la espera, en las madrugadas del llanto. Madrugadas moradas, madrugadas de Viernes Santo.

        “Sube el Nazareno, sube el buen Jesús, sube hasta el Calvario, sube con la cruz.” Saetas y plegarias al Varón de Dolores. Son tus pasos tan serenos, tu silencio tan penitente, tan desfigurado tu rostro, tan pálida tu frente, tus heridas tan abiertas por un madero tan hiriente, tan injusta tu sentencia, tu semblante tan poco atrayente, tan débil tu figura, tan des­preciado por tu gente, y sin embargo vas cargando con los pecados rebeldes, llevas a cuestas al mundo para salvarlo con tu muerte. Encajaste bofetadas salibazos y flagelos, te coronaron de espinas y fustigaron tu cuerpo, un báculo de caña como irrisión te pusieron, te hicieron Rey de la Gloria sin ellos pretenderlo, fue cumplida la escritura, “Ecce Homo” de tu pueblo. Con silencio redentor entregó su sangre el Cordero, fue voluntad de Dios que se salvara así al universo, molido por nuestras culpas, la paz trajo su silencio, ¡Ay! Si aprendiera el mundo de tan sublime Misterio. En Villacarrillo un “Paso”, plateado por la luna llena cada noche de “Getsemaní” que se anuncia la Sentencia. Son siglos de avatares, de costal y de agonía, de suspiros contenidos, de promesas, letanías, de sollozos, de oraciones, de esperanzas a porfía para que nadie acallara su semblante de justicia, para que fuera Jerusalén, todo Villacarrillo por un día, por una noche entregada, madrugada del alma mía Herido y agotado su rodilla se hinca en tierra, no es el peso del madero el que de verdad le pesa, sino el dolor del mundo, y de los suyos la ofensa.

         Y para recordar que la carne es fleca y el espíritu fuerte, El Señor vuelve a caer. Desde el templo de Santa Isabel, el Cristo que asomara el Miércoles Santo en la lucha de agonía, sale caído y humillado, lacerado y golpeado, a ras de suelo, de bruces y tirado por tierra. Es el Señor de la Caída que preside el retablo mayor de este templo. Es hora fresca y temprana de Viernes Santo cuando se escuchan de nuevos los sones de la Banda de la Caída rompiendo el silencio de sía tan silencioso. Las túnicas nazarenas que aguardaron en la esquina para ver al Nazareno, corren para adentrarse en el templo. Mañana de Viernes Santo Villacarrillo contemplará las tres caídas de Cristo, tres debilidades en la carne flaca que lo empujan hasta el suelo. Debilidades humanas como las de Pedro en la noche aciaga. Tres negaciones, tres caidas. Al final, en la mañana alegre de la Resurrección tres afirmaciones de Amor sincero. “ Te amo, Señor y te quiero”. El Señor de la Caída cuando atraveisa las calles de su pueblo va levantando el silencio. Tirado por tierra, acariciando la piedra y esas rodillas vacilantes que se rompen en el suelo entre sangre y saliva, camino de la cruz, inocente Cordero. El yunque de los tambores forja la armadura blanca. En su paso penitente entra Cristo Caído en su templo, rendido bajo el peso de su carga. De pronto, flecha estremecida, lanza una saeta desde la garganta. Brota, surge, llora y canta. Es un requiebro, un grito, una plegaria, surtidor que sube a las estrellas y baja hecho cristal y se quiebra y se levanta y se hace sombra en las sombras y claridad en las llamas y perfume en los inciensos y lividez enla cara. Un nazareno escuha la saeta, mira la caida y no puede contener el llanto que cruza la mejilla, que atraviesa su cara oculta bajo el caperuz que recuerda sus muchas caídas, sus muchos pecados, sus muchas faltas.

       Y cuando el Caído está en la calle, ya se espera que la Cruz del Cristo de la Expiración salga por las puertas de su templo. Blanco y negro. Largas filas de nazarenos que silenciosos van recorriendo el pueblo y suben hasta el Paseo. Cristo va a morir. La cruz enhiesta. Villacarrillo entra en tensión. Viernes Santo ha llegado tiñiendo de sangre los cie­los y dejando en el templo una estela de silencio. Cristo de la Expiración sale a encontrarse con su pueblo. Es un Cristo con la tensión en el cuerpo. La Archicofradía patronal pone en la calle esta imagen de Cristo. Bien sabe Villacarrillo de la Cruz redentora como todos los pueblos del viejo Adelantamiento que la tomaron como protectora haciéndola patronazgo certero. Desde entonces sus vidas están cruzadas por este símbolo tan nuestro. Es la cruz de Cristo que en Villacarrillo se levanta como santo y seña de cristiano que vive con acendra­do espíritu las enseñanzas del Maestro.

      Ya pasó Jesús nazareno para cumplir la sentencia, sembrando esquejes de gloria en la heredad de la tierra. El drama alcanza su cenit y se estremecen las piedras, porque el Hijo de Dios vivo, fuente de luz eterna, siente en sus carnes benditas, clavos que la atraviesan. El cielo se hace plomizo; del Golgota el sol reniega; los judios han huido y la escolta impe­rial tiembla. Tres cruces donde la vida se ahonda en sus horas muertas, son infames cicac­trices que arañan en las tinieblas. Golgota sin paladines y el Cedrón con sombras densas. Getsemani en el silencio y una sepultura abierta. Tres luces desnudas manchan el cielo de una luz intensa, las que levantara el odio para que el amor muriera.

         En esta tarde abrileña de oro y cobalto ya se huele a clavel y nardo en la plazuela. Huele a dolor supremo, a sacrificio y a penitencia y al mismo tiempo a resurgir gozoso y primavera. Bajo el fanal del sol, la gente de Villacarrillo se agita como una colmena junto al Cristo de la Expiración que se encierra en su Iglesia. Todo es quietud y silencio, solo el sol se rebrinca y cabrillea. Cristo agonizante con mirada serena que parece carne, no madera. El último suspiro de sus cárdenos labios, la mirada celestial postrera. Y el sol, arrepentido de sus juegos, sobre la talla tiembla y acaricia la cara nazarena. Y en cada corazón brilla un punto de luz nueva cuando el trono de Cristo se adentra en la Iglesia y hasta las viejas pie­dras rendidas al prodigio se quisieran volver de cera para alumbrar su paso de rodillas y sentirla más cerca. Y una última levantada en el interior de este esbelto templo, la joya de tu pueblo. Es la voz que sale de adentro.

       Levanta, andero tu Cristo,
       Que hoy necesita tu nervio,
       hoy necesita esa intensa
       emoción que hay en tu pecho,
       que sube hasta tu garganta
       y que te recorre el cuerpo.
       Hoy te necesita a ti
       El que es Señor de los cielos
       porque va desfallecido
       y en amor busca a su pueblo.
       Levanta tu Cristo, andero
       Levanta, andero tu Cristo
       Villacarrillo está sediento
       de esta sangre que se escapa
       por su costado entreabierto
       y que florece en claveles
       Derramados por el suelo
      ¡ Que importa el dolor del hombro,
       pegado al duro madero,
       si el hombro es otro clavel
      que se ofrece al Nazareno
      Para que Cristo no muera
      nunca jamas en tu pecho
      Levanta tu Cristro andero

           Noche de Viernes Santo. Todo es negro. Es el luto y la tristeza. Villacarrillo es una gran sala de dolor y esperanza. Los costaleros silenciosos sacan la urna para el entierro. El Santo Sepulcro rompe el silencio con ese fanal de luz que sale de adentro. Vieja cofradía que entierra el fruto para eterna sementera. La tierra entera se abre para acoger el Misterio que volverá a sorprendernos en la mañana de la Resurecion cierta.
         La calle está encendiendo sus cirios para acompañar al Santo Entierro. Los nazare­nos con sus capas negras al viento. En el trono, Cristo muerto sobre un mar de cabezas. La calle a paso de entierro. Cirios en una hilera. Llanto en brillo doliente, voz que sin voces reza. Un grito de angustia, amor y queja temblando en el viento una satea. Redoble de tambor, cirios que apenas arden, suspiros que no suenan. La angustia que hay en la calle amordaza las campanas con el dogal de su pena. Cristo muerto camina por la calle estrecha de su pueblo, a paso lento, pues hacerse un remanso de paz quisiera en las hermandades de su pueblo. Y las capas de los nazarenos con muda emoción avanzan cobijando el silencio y la negrura de esta noche que no será eterna sino que augura el alba certera.
        Y por las calles de Villacarrillo una mujer, una Madre recorre las plazuelas. Sube al paseo, baja a la carretera. Busca y rebusca al Hijo. Su corazón tiembla. La Virgen en Villacarrillo sale pocas veces. Es discreta. Con el nombre del Amor recorre las calles en la más profunda tristeza, junto a la cruz del Hijo para recibir en prenda a la Iglesia. Virgen del Amor, acompaña a este pueblo en los Viernes de la espera, en los sabados de silencio y en las madrugadas de primavera.
         Y cuando llega la noche eres una dolorosa llena de Soledad entre el negro de las tunicas y el dorado de las capas de tu hermandad. Junto a Cristo ya muerto y en sementera. Tras el Hijo triturado va la Virgen de todos los amores con el pecho materno traspasado. Siete dagas, siete pecados aumentan sus dolores.
         Mírame, Señora, te quiero tanto que mi pecho, rebosante de amargura, busca en tu bondad y en tu dulzura el consuelo inefable de tu llanto. Dame bondadosa ese consuelo, que pido y anhelo sediento de amor.

Domingo de Resurrección

          Ya pregona la alborada mañanas de primavera. La esperanza verdecida renace en las almas buenas y el amor construye nidos en las cálidas conciencias. Aromas de yerba virgen traen las brisas serenas. Rayos de sol acarician las viejas doradas piedras. Tres cruces que han sido muerte, brotaran ramas extensas al viento de la brisa de la mañana serena. Cristo vivo en la Iglesia, en Villacarrillo, vivo y presente en el corazón de la tierra. Esta es la vida que vengo a pregonar en esta primavera eterna.

 
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