La fe mueve montañas y en esa fe me he apoyado para buscar lo que no veía y unir lo que estaba suelto o inconexo de entre todos los recuerdos y todas las memorias. He tratado de arrancar este pregón desde el principio y para ello me he ido a buscar mis orígenes. Uno empieza y termina siendo lo que recibe y aprende de su familia. La familia es el marco en el que echamos raíces y donde aprendemos a distinguir por primera vez. La mía es una familia muy normal y en la que cada papel ha estado bien representado. Los padres son los padres: la comprensión, el cariño, el apoyo, la exigencia, el respeto a los demás, el ejemplo y la demostración de que hay que saber dar y recibir desde la generosidad y el desprendimiento. Los hermanos son los hermanos: la referencia cercana, la protección, la comprensión, la certeza de que tenemos toda una vida para caminar juntos y salvar dificultades con la complicidad de quienes aprendieron en el mismo libro y hablan el mismo lenguaje del corazón. En mi familia y en mi casa encontré el hilo para tejer esté pregón. Los viejos armarios y las cámaras, desde las que casi se toca el cielo con la mano, están llenos de recuerdos impregnados de pequeños detalles que ahora me han servido. Mi abuelo ha dejado en mi casa del callejón del pozuelo rastros inequívocos….túnicas, capirotes humedecidos por los años, alguna foto amarilla de tiempo y las memorias que lo ocupan todo y que definitivamente me han servido para estar hoy aquí, ante mis paisanos. Ese es un pasado que tiene la rotundidad de lo que se ha vivido y de lo que se ha sentido. Un pasado en el que me veo y veo a mi pueblo, a mis amigos... veo todo lo que soy y como he llegado a serlo. El pasado es un libro donde hemos dejado escrito y hecho. Miro atrás y miro aquí y estoy contento de lo que el tiempo y, sobre todo las personas, me han regalado.
Esta es una feliz certeza que toco con las manos y que pertenece a todos los que me rodean. También me queda la certeza de que el futuro está asegurado. Son ahora mi mujer, Juani, y son mis hijas Ana y Julia las que se encargan cada año de refrescarme la memoria y de enternecerme el corazón cuando me recuerdan el día y la hora en la que debemos estar aquí para formar parte de esta manifestación de fe y de tradiciones estrujadas entre callejones estrechos y corazones dispuestos a vivir intensamente un misterio religioso y una experiencia íntima y personal. Ellas son la demostración de que esta fiesta cala en los corazones sin distingos ni de sexo ni de edad. Los sentimientos son propios de un ser humano capaz de estremecerse y de vivir intensamente una realidad objetiva y física y una fuerza interior que nos sacude sin dejar otra huella que la mezcla invisible de la angustia y la esperanza.
Mi pueblo, mi memoria, mi experiencia, mi familia, mis amigos y mis paisanos son la fuente de la que manan el compromiso y la alegría que siento ahora. La Semana Santa de Villacarrillo es el impacto emocional que ha hecho posible este pregón. Sin lo primero no hubiera encontrado el camino y lo segundo, por real y por cercano, es tan fácil de contar que, sólo con dejar correr mi vista por la galería de recuerdos cercanos y remotos, he logrado fijar las mil tonalidades que proyecta la semana de pasión en Villacarrillo.
La luz se mezcla con un gris desolador y los silencios más profundos con el murmullo general en el que se funden la piedad y la algarabía de un pueblo que está en la calle para construir, año a año, un monumento de religión, de fe y de tradiciones. Villacarrillo es una tierra fértil para las cosas que tienen que ver con el espíritu. Somos una gente que, sin renunciar a la realidad que nos obliga a vivir con los pies en el suelo, sabemos captar los momentos de más honda espiritualidad y volcarnos en ellos. Hay muestras durante todo el año y estalla cuando colocamos en mitad de la calle los corazones, el cuerpo y el alma y nos convertimos en testigos que siguen el relato ya sabido de una pasión que nos reclama, para dar testimonio y para ofrecernos como amparo del hijo de Dios en los días y en las horas previas a su tortura, crucifixión y muerte en la cruz.
Somos un pueblo con vocación de testimonio y comprometido con todo lo que tiene que ver con los lenguajes del alma y con la fe.
La Semana Santa, un tiempo en el que se dan la mano devociones y pasiones, nos coloca ante el mejor espacio de reflexión, porque es un recorrido anímico que nos lleva de la luz de un Domingo de Ramos hasta la gloria de una resurrección gozosa que redime y consuela los corazones, pasando por la tribulación del jueves y viernes santo, por los silencios del martes y por los nubarrones promontorios de un miércoles santo que ya anuncia los terribles días en los que la pasión alcanza un momento de profundísimo dolor y de recogimiento esperanzado.
Jueves y Viernes Santo, un tiempo para mirar por los ojos que nos ofrece la imagen de un Dios que se hizo hombre, venido para redimir y dar ejemplo de amor a esos mismos hombres que le juzgaron, que le condenaron y que le abrieron el costado, para que sangrara sin rencor en un gesto de amor divino.
La semana de pasión, sin embargo para mí, es siempre un estallido de luz cegadora que mezcla el sol de la primavera y el cimbreo de las palmas recorriendo las calles en una fanfarria jubilosa de espíritus unidos y exaltados por la presencia de un Cristo que une y que reconforta, que transmite alegría y ofrece la mano extendida para unir a los hombres.
Domingo de Ramos es el aliento de hombres y mujeres que buscan a lo largo del año hacer un hilo de fe que ata los corazones y amarra las filas de palmas de los villacarrillenses, que se echan a tomar aceras y a convertir el domingo en un día de compromisos jubilosos con la imagen bondadosa de Jesús, queriendo entrar en todos los corazones y con las palmas buscando la estela que lleva al cielo para anunciar que el hijo de Dios está aquí, que ha vuelto a nuestras calles para ser ejemplo de valentía y de aceptación. Viene, como siempre, a cumplir el compromiso con el hombre y lo hace con la alegría del que da su vida con la certeza de cumplir un mandato por el que la humanidad será redimida, rescatada y puesta en el verdadero camino de la salvación.
Jornada de luces, de hombres, mujeres y niños que reparten su júbilo y que se encandilan con la tierna imagen de ese animal que porta a Jesús y que le lleva entre ramos de olivo y palmas, camino de lo que tendrá que ser. Palmas y ramos de olivo. Olivares de mi pueblo, jornaleros del campo, gente sencilla que toma del viejo árbol, brazos de pestuga y hojas, para aclamar a Jesús. Jerusalén es mi pueblo, campo inmenso, olivo verde, cielo azul.... Villacarrillo sale para aclamar al Señor y ayudarle en su camino. Viene con la mano tendida y con el alma rendida como sólo lo hace el Dios de todos los hombres. Día de rezos y de bendiciones. Momento de júbilo contenido y puerta de un marco de dolor y de fraternidad que consuela. Villacarrillo, acostumbrado a salir a la calle en busca de sus imágenes, tiene en el Domingo de Ramos la representación viva de un momento crucial en la vida de Jesús y los hermanos de esta cofradía han sabido interpretar y han reflejado con la sensibilidad exquisita de quien sabe que trata un argumento divino, esa secuencia dulce y amarga de un Cristo aclamado que viene con la certeza de encontrar una injusta e irremediable muerte en la cruz. Los cofrades hacen real el equilibrio del dolor presentido y la felicidad que se vive y se transmite, de la imagen redentora a las filas de paisanos que salen, entre felices y dolidos, presintiendo que después de ésta alegría viene, seguro, un gran dolor.
La Semana Santa de mi pueblo conserva un regusto que, en mi casa, siempre tiene los mismos afectos y los mismos trasiegos. Gente que va y que viene. Racimos de cariño que nos arman el ánimo y que nos llevan a las calles para vivir tradiciones y devociones que nacen y viven con nosotros.
El lunes nos recoge y nos dispone para la sólida llamada de un martes negro como el color de la mala conciencia. Martes tenebroso que sólo clarea con la devoción repetida de los adoradores que, en el fondo de sus convicciones, llevan escrita la palabra esperanza y que, en el fondo de sus silenciosos comportamientos, llevan tatuada y e indeleble, la palabra “resurrección”. Villacarrillo en Martes Santo es un espacio oscuro, hecho de presagios y silencio. Un escenario de calles y luces tenues, un marco hecho por el hombre para hacer la fiel reproducción de un drama espiritual, sincero e imposible de cambiar. Calles y plazas que he recorrido en silencio para tratar de beberme, en la oscuridad, todo lo que anima a los adoradores y estar más cerca de la íntima y personal plegaria que se reza en la irrepetible soledad del silencio en las calles de mi pueblo un martes santo.
Los recuerdos no tienen sonido, las imágenes son rotundas y estremecen. Mis pasos suenan huecos por las calles vacías. Cierro los ojos y veo. Se mueve una cadena de sensaciones que tiene el sello inequívoco de la comunión de Villacarrillo con un Jesús que se prepara para pasar un Cáliz de hiel y sangre.
Los villacarrillenses hemos buscado un espacio de reflexión sincera, un manto de plegarias mudas y, como cuando abrimos los ojos a la realidad, levantamos las luces del miércoles para ver a Jesús en el Huerto. La cofradía de Jesús en el Huerto puede hacer durante todo el año un ejercicio de pasión. Ellos ven a Jesús donde Jesús parece más nuestro, rodeado de olivos. Rezando donde rezan, sufren o cantan las gentes de Villacarrillo.
Cerrad un momento los ojos e imaginad que ese trono viene a duras penas por entre los cortijos y los olivares que rodean nuestro pueblo. Haced un esfuerzo y vedlo venir, fatigado y piadoso, por el Cortijo Alto, por la Pasá el Zarco, por Buena Vista o la cuesta de la Losa, en busca de las calles donde la pasión le ha citado. Villacarrillo es un Huerto de Olivos. Aquí, entre noviembre y enero se pasea Jesús por nuestros tajos. Dichoso el que sea capaz de verle. Olivos viejos y fuertes, como vieja y fuerte es la fe de los cofrades que le veneran y que le ayudan a cumplir su compromiso con el padre. La Cofradía le ayuda con oraciones silenciosas y con hombros dispuestos que culminan en plegarias de una fe que nace en las cunas y se alimenta en los pechos de madres piadosas. Miércoles Santo. Ya no hay vuelta atrás. Jesús viene al encuentro de su cofradía y si al hijo de Dios, en un imposible humano e imaginado, le flaquearan las fuerzas, ahí tiene los brazos de sus olivareros hechos de fe indestructible para, dolidos y conscientes, ayudarle a seguir. Ese trono es un monumento a la entereza y al amor, esa imagen es un reto a la debilidad y al miedo. Jesús consciente del final, reza y perdona. Cristo se mueve entre el Dios y el hombre en el Huerto de los olivos. Sabe como suenan las palabras de traición, conoce la mezquindad del ser humano y, en un gesto nacido del Padre, ama profundamente a quienes le mienten, le venden y le traicionan. Ya sólo tiene un destino, la cruz.
El trono, mirado de abajo arriba, te muestra como tiembla el olivo que ampara la figura de Jesús. Es fácil imaginar la terrible soledad del hombre que siente miedo y del Dios que no siente otra cosa que amor. El Miércoles se acaba y los sonidos más crudos de la Semana de Pasión vienen despacio con alma oscura de madera sorda. Jueves Santo llama a la puerta de las iglesias de Villacarrillo y las Cofradías, las de jueves y viernes santo, ponen a punto el terrible y piadoso ceremonial que encarna todas sus oraciones, todo el trabajo callado de un año, todos los esfuerzos humanos para dar gloria a Dios, toda la fe urdida tarde a tarde, noche a noche. El celoso trabajo volcado en las imágenes y en los tronos ha obrado el milagro del mayor realismo, del más cierto gesto de fe.
Los estruendos que presagian la muerte de Cristo resuenan en la torre de la iglesia y enmudecen las campanas. Nuestro noble campanario pliega sus aceros y deja paso al lúgubre y terrible sonido de los badajos imposibles. Villacarrillo viene a recibir, enlutado, silencioso y puntual, el aluvión de hechos consumados que terminarán con Jesús en la Cruz y que harán cierta la razón por la que vino a este mundo.
Jueves Santo. La cofradía de Nuestro Padre Jesús de la Columna y San Juan Evangelista muestra la renovación del dolor y la injusticia que los hombres vuelcan sobre el hijo de Dios. El trono corta los silencios de las calles por las que se que abre paso el cortejo de dolor y de esperanza. Cada azote, cada herida abierta en la piel de Cristo es una acción concreta y un momento de debilidad humana que queda sellada en la espalda de Jesús. Sujeto a la columna y con los ojos clavados en el suelo acepta y camina, mientras soporta el castigo sin piedad y la indiferencia de la humanidad entera. Las luces del día ya se han ido y camina Jesús amparado por el manto de la noche y por la fiel y piadosa armada de capas blancas y cuerpos color rubí que acompañan y guardan celosamente el dolor y el sufrimiento de una imagen que se deshace en jirones de piel ensangrentada. La columna le sujeta y se convierte en el frío testigo de un castigo que simboliza y define la mezquindad del genero humano. El Jueves Santo se desliza como una lengua de tragedia que llega a los gestos y a los ojos de un pueblo que se mira en sus tronos y que se roza contra las esquinas para no perderse la crónica del sufrimiento. Exhausto, sin aliento y marcado por la severa huella del castigo llega Jesús de vuelta al templo y los hermanos cofrades dejan escapar el suspiro hondo que se pierde en la noche y sirve como aviso para la madrugada que se avecina.
Suena el eco caliente de los azotes en las bóvedas de la Asunción hasta que llega la madrugada en la que Villacarrillo inicia su transformación definitiva y sus calles se convierten en escenarios de pasión. Ríos de túnicas, colores que encarnan las emociones, el sufrimiento, la esperanza y el luto de los corazones. Morado, blanco, negro absoluto…. color de Viernes Santo en Villacarrillo. La plaza nueva y la plazoleta de la iglesia despliegan el imán de una madrugada magnética que atrae cuerpos, almas y corazones encogidos para desafiar las primeras luces de una tétrica madrugada. Noche de presagios irreversibles y fatales que se urde entre manos temblorosas, ojos robados al sueño y devoción sin límites. Jesús sale despacio y los murmullos se cruzan con los silencios. Los cantes de pasión suenan recogidos en calles angostas y rebotados contra un cielo abierto que funde el azul prometido con los rojos de alborada, como si ya la sangre de Jesús les estuviera sirviendo de reflejo y de consumación definitiva. Va Jesús al encuentro de un pueblo que reúne ya a su guardia buena de ojos, de brazos y de corazones. Cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno. Los hilos morados que hacen el cortejo guardando tantas emociones y tantas vidas disparejas, que vienen al reclamo de la madrugada para redimirse junto al trono que porta a Cristo, ya soportando el rigor de una cruz presentida y cierta ahora. |
El Nazareno, al que los villacarrillenses que viven lejos de su pueblo rezan y piden desde Elgoibar a Quart de Poblet. De Tarragona a Cádiz de Madrid a las Canarias. Los que pueden vienen y, en esta madrugada emblemática y penitente, lloran lágrimas que dejan húmedas las piedras y secos los corazones. Los que no pueden venir sueñan, rezan y evocan la imagen redentora de un Jesús símbolo de piedad, sufrimiento y entereza ante lo inapelable. Villacarrillo amanece empujando las luces del día con los latidos de un gran corazón acelerado. Calle a calle, palabra a palabra la presencia de la cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno pasa y va anunciando, con las primeras luces del día, una manifestación multitudinaria de pasos, de tronos, de hermanos cofrades y de gentes estrujadas que tienen en cada rincón de Villacarrillo un Viernes Santo de Pasión extrema y de imágenes que estremecen el alma de los hombres y de las mujeres de este pueblo. Ya está aquí el sol oscuro del día en que Jesús morirá en la Cruz.
La mañana de Viernes Santo, mientras el Nazareno sigue derramando piedad a cambio de dolor y regando con sufrimiento las calles y las plazas de Villacarrillo, ya está en la calle Jesús de la Caída. A partir de ahora el pueblo es una procesión y así será hasta que vuelvan a caer las luces. Jesús ha sentido la dureza del castigo y se derrumba, hincando su rodilla en la tierra. Es la imagen débil de un hombre que sufre y que soporta, cada vez más consumido, la impiedad y el odio. Jesús lleva la rodilla a tierra pero mantiene el espíritu intacto para cumplir la misión por la que el Padre le trajo a este mundo.
Se cumplen los plazos y Villacarrillo ve como sus calles ya reciben a un Cristo quebrantado. Lo que estaba escrito se cumple y Jesús vive el drama descarnado de la Cruz.
La Real Archicofradía del Santísimo Cristo de la Vera Cruz y Nuestra Señora del Rosario ya está en la calle. Horas de rotundos contrates, el blanco y el negro de las capas y las túnicas, el sufrimiento resignado de un Cristo clavado en la Cruz y el dolor de la Virgen que ve como el aliento de su hijo se consume clavado en un madero con las muñecas partidas y el costado abierto por la rabia, el odio y la ignorancia. Suspiros entrecortados de un hombre que, en cada tragantada de sangre, encuentra el consuelo de la salvación de los hombres en un Viernes de Muerte irremediable que Él mismo aceptó para hacer posible la redención del ser humano. Suspiros de un hijo y lágrimas desconsoladas de la madre. Olor a incienso, olor a claveles, sendero de luto que nos lleva a una tarde terrible en la que el sonido del suave viento de primavera se hace silencio sordo de rezos y de plegarias. La Iglesia de la Asunción vuelve a ser como un generoso vientre materno en el que todos buscan refugio para esperar el momento fatal del último suspiro y para buscar entre capillas y pilas de agua bendita el milagro personal que renueva la fe y ayuda a pasar el trance de un Viernes Santo en el que Cristo muere en la Cruz.
Cristo yace sobre un lecho de luces tenues y de flores, guardado en la urna de madera y cristal que protege el cuerpo y la serena imagen de un rostro que descansa después de todo el dolor y toda la severa crueldad de la que el hombre ha sido capaz. Jesús ha muerto. La Cofradía del Santo Sepulcro ha preparado, otra vez, con el sereno dolor de quien sabe que ese cuerpo ha sido injustamente ultrajado y herido hasta provocar un vergonzoso final de cobardías, miedos, mentiras y traiciones. Negro absoluto. El corazón de los hermanos del Santo Sepulcro, lleva el negro en sus túnicas y la noche ya es una noche negra, que se ha venido encima de un desfile procesional que estremece de dolor y que impresiona por la terrible realidad que representa. Todo el pueblo está en la calle y mientras discurre el cortejo fúnebre que porta el cuerpo frío de Jesús, se calientan los corazones viendo en la calle el paso lento y callado de la Soledad. Nuestra Señora de los Dolores recoge y representa todo el dolor de la Pasión. La Virgen de los Dolores lleva la vista rota contra el suelo, y vela aguardando el momento para enjugar su dolor con las luces de la certeza divina. A hombros de sus hermanos cofrades camina rota y esperanzada, hundida en su dolor y absolutamente sola, porque hay dolores que jamás tienen consuelo y no hay palabras que puedan darlo.
Jesús ha muerto y ahora Villacarrillo vuelve a ser un lugar en el que las almas se buscan para pasar el cáliz horario que nos llevará al día glorioso de la resurrección. Tanto dolor y tanto sufrimiento no tendrían sentido si no hubiera esperanza. La rotundidad de la muerte sería el final si no tuviéramos la certeza de que la muerte de Jesús no ha sido una muerte estéril y que no ha sido estéril su dolor. Jesús ha muerto para que siga vivo el mensaje, la idea, el espíritu y el valor de un sacrificio divino. Ha muerto Jesús y queda en el silencio de la noche de Viernes Santo, la promesa y la esperanza de que nada ha sido en vano. No han sido en vano los esfuerzos, la piedad, el amor y los desvelos de cada cofradía y de cada cofrade. Los hombres y mujeres de las cofradías de nuestro pueblo son las manos que sirven de instrumento para hacer posible que cada semana de pasión vuelva a sentirse toda la verdad y toda la grandeza que tiene esa sangre derramada. Me impresionan los tronos, me conmueven las imágenes, me emocionan los sonidos y los silencios de la Semana Santa pero, quizás por mi vocación de periodista, siempre miro más allá y reparo en cuánto trabajo, cuánta fe, cuánta entrega y cuántas horas de esfuerzo son necesarias para que nuestro pueblo se convierta en el escenario más real de la pasión de Cristo. Son ellas, Las Cofradías, son los hombres y las mujeres que las forman quienes hacen realidad el mensaje de Cristo viviendo todo el año y tratando todo el año de que este mensaje no nazca y muera en una semana escueta. |
Ahora, mientras en una espera imaginaria, atendemos el momento gozoso de ver cómo Jesús resucita, yo os invito, os reclamo a la reflexión y al homenaje de reconocimiento a quienes hacen posible todo lo que veremos dentro de unos días y este ejercicio de hermanamiento y piedad que vivimos ahora.
Gracias hermanos de la Cofradía de la Entrada Triunfal de Jesús en Jerusalén. Gracias por ayudarnos a recordar la humildad con la que vino y el triste pago que recibió de aquellos a los que vino a redimir. Vuestra imagen y vuestras palmas son bálsamo que cura con olor a esperanza.
Gracias Adoradores, gracias por firmar con rigor y silencio
el triste designio que nos anuncia y que nos recoge el corazón y lo dispone para la pasión que viene. El silencio es la mejor manera de encontrarnos y prepararnos para un tiempo de tanta tragedia.
Gracias Cofradía de Nuestro Padre Jesús de la Caida y La Oración en el Huerto. Sois la imagen viva del dolor presentido. Jesús en el Huerto de los Olivos soporta la angustia y la supera gracias a vuestro esfuerzo de todo el año; vosotros sois la fuerza del hombre que espera el final y la razón por la que el Hijo de Dios murió en la Cruz. Vuestra fe es quien sujeta a Cristo cuando, con la rodilla hincada, siente el calor de sus cofrades sobre un trono que sólo se puede hacer con amor.
Gracias Cofradía de Nuestro Padre Jesús de la Columna y San Juan Evangelista. Gracias por hacer visible el primer rostro de dolor y por hacer posible que las gentes de este pueblo vean en vuestra imagen, como Jesús empieza e entregar su sangre y su vida. Imagino vuestros inviernos de reunión y de trabajo, mimos y de detalles. Sois los encargados de que la imagen parezca real y cierta. Ahí está Jesús sujeto al mármol frío y zaherido por la mano simbólica de la humanidad.
Gracias Hermanos Nazarenos. Gracias a la Cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno por abrir las entrañas a cada madrugada de Viernes Santo y mostrarnos a un Cristo que revoluciona las almas desde la humildad de una figura serena y profundamente dolorida. Una figura que hace leve el peso de la Cruz ayudado por al rezo callado de miles de gargantas. Cristo de la madrugada, Cristo de Villacarrillo…Nuestro Padre Jesús Nazareno.
Gracias, Archicofradía del Santísimo Cristo de la Vera Cruz y Nuestra Señora de Rosario. Ese Cristo amarrado cruelmente a la Cruz tiene a sus pies el alma de Villacarrillo y sus cofrades saben que guardan durante todo el año un tesoro espiritual que conmueve a todos los que hemos nacido o vivimos aquí. Cristo de la Vera Cruz, Nuestra Señora del Rosario, siento envidia de vuestros hermanos cofrades por teneros cerca todo el año.
Gracias hermanos del Santo Sepulcro por el esfuerzo para aislar el sufrimiento y lograr, con vuestro ejemplo y vuestra organización, que ese trono sea un túmulo de muerte esperanzada y todos veamos, junto al cuerpo yacente, la vida que nos tiene prometida. Hay que vivir muy sinceramente la fe para entender la felicidad de vuestro esfuerzo.
Gracias conmovidas a la Cofradía de Nuestra Señora de los Dolores. Gracias por mostrar a esa Soledad rota de dolor y digna como una heroína. Es virtud mostrar de forma tan hermosa el dolor, la aceptación, la resignación y la esperanza de una madre que tiene ante sí al hijo muerto de injusticia. Sois la encarnación del amor de la Madre, el amor de los amores. Sois los depositarios de un corazón que ha dado la muestra más grande de fe y de amor. Sois los encargados de velar por esa, delicada y fuerte a la vez, imagen que cuando pisa las calles sobrecoge y es espejo de todas las madres que la entienden y sufren con ella.
Gracias Cofradías, gracias cofrades porque sin vosotros todo esto tampoco tendría sentido. Cristo y su pasión son la verdad divina y vosotros soy las manos y los corazones que Dios necesita para que su hijo no camine solo hasta la cruz. Sois imprescindibles, vuestra fe es imprescindible, vuestro tiempo, el de vuestras mujeres y vuestros hijos, tiene un valor incalculable. Sin vosotros todo sería un recuerdo escrito. Vosotros habéis logrado el equilibrio entre la congregación, el acto público de fe y el íntimo recogimiento de quien sabe que Cristo muere siempre que el pueblo le da la espalda, muere cada vez que sus hijos le ignoran. Sois la Semana Santa y las calles de Villacarrillo es vuestro templo general. Cuando el frío del invierno, cuando los calores del verano y los otoños van pasando y nadie repara en el tiempo que tendrá que venir, vosotros sois el testimonio y ejemplo que trabaja y prepara el camino, la angustia, el dolor, los silencios y las emociones de un pueblo entero que espera cada Semana Santa el fruto de vuestro esfuerzo, de vuestra sincera forma de vivir la pasión y muerte de Cristo. Gracias y no desmayéis nunca porque no hay nada que se pueda comparar con la inmensa felicidad a la que conduce el terrible camino que se inicia el Domingo de Ramos y que concluye ahora cuando esperamos el gran día.
Ha sido una larga semana, ha sido eterno el camino hasta el calvario. Hemos vivido tanto dolor y se han derramado tantas lágrimas, que una alegría de la misma intensidad nos aguarda, para ofrecer a la humanidad el fruto esperado de esa muerte que corroe las conciencias y que ahora sirve para que todos tengamos otra oportunidad. No caigáis nunca en la tentación del desánimo porque lo que va ocurrir el domingo de resurrección es la culminación de un sueño colectivo, es la renovación de la gloria y la certificación de que la esperanza existe. Cristo murió como remedio para enjugar los pecados del hombre y Cristo, ¡Ya es Domingo de Gloria, de Vida, de Esperanza y de Resurrección, está vivo para cumplir también lo que había prometido. Vuelven a volar las palomas, el viento de los olivares vuelve a sonar como una sinfonía de violines verdes, el cielo está completamente azul, suenan a metal de vida las campanas, la Torre de la Asunción es otra vez una caja de música celestial que convoca a la alegría. Cristo ha resucitado y se han cesado los cantes de pasión. Ha vuelto la luz a los corazones. Villacarrillo se quita el luto del alma y las voces vuelven a entonar cantos de gloria a un Dios que dejó su ejemplo y su vida por amor a los hombres. Salgamos a la calle y llevemos en el corazón las razones por las que murió Jesús y la misión que nos dio al resucitar. Salgamos con un sentimiento de alegría para repartirlo haciendo de la muerte de Cristo una razón para luchar cada mañana y para obrar los milagros de la vida con nuestras propias manos y para beneficiar al que tenemos a nuestro lado.
Vosotros hacéis milagros porque habéis arrancado de mi mente todo el peso de una vida laboral que me tiene lejos de casi todo. Habéis conseguido que multiplique el tiempo y disfrute leyendo, escribiendo y hablando sobre la Samana Santa. Me habéis enriquecido y me habéis ganado para vuestra causa. Ahora me voy con muchas imágenes en la memoria pero, sabedlo, hoy más que nunca aquí se queda mi corazón. Me lo habéis ganado por la fuerza del cariño. Gracias y que Dios os bendiga. |